Muchas veces el miedo tiene el factor peligro como combustible fundamental de las peores pesadillas que una persona puede tener.
Esto no es ingenuo, el ser humano siempre tendrá miedo a aquello que atente contra su propia vida, es instintivo, un enlace primitivo con nuestro pasado en las cavernas.
Por lo tanto, aquellas fobias a cosas que resulten en nuestra muerte se vuelven muy comunes, teniéndolas como miedos instintivos o verdaderos temores que calan profundamente en nuestra mente.
Aquí venimos a ver horrores que calen muy profundo y que puedan llevarlos a un terrible "quiebre" y esta es una de esas historias.
Luz María era una joven que vivía en una zona muy opulenta de la ciudad, donde los grandes edificios y complejos empresariales rodeaban su cotidianidad urbana.
Aunque su entorno le transmitía una flemática muy rígida, ella tenía una personalidad muy jovial y agradable, haciendo que sus amistades la vieran como una gran amiga y un gran apoyo en momentos difíciles.
Siempre buscaba actividades en las cuales distraerse, así jamás se aburría en la cotidianidad, ya sea ir a una fiesta, salir para un parque, subir al Guaraira Repano, ir a la playa, entre muchas otras actividades.
Cuando no estaba en tiempos libres, ocupaba sus estudios con gran esmero, tratando de siempre dar lo mejor de sí en cada actividad, lo cual la hacía una muchacha con un futuro muy prospero, sin importar la meta que se trazara.
No fue extraño que sus padres le hayan concedido la oportunidad de viajar al Parque Nacional Canaima, en realidad se lo merecía: tuvo en el último semestre uno de los promedios más altos en la universidad y le habían dado una medalla al mérito, además que sus amigos habían planificado el viaje desde hace mucho tiempo, por lo que su ida sería inminente.
Salieron la semana posterior al fin del semestre, hospedándose en la casa de un familiar de uno de sus compañeros que vivía en Ciudad Bolívar. La casa era muy grande, por lo que el grupo, de unas quince personas, no tuvieron inconveniente en el hospedaje; múltiples salones servían de dormitorio para todos ellos.
Durante el viaje visitaron diversos lugares de aquel majestuoso estado: cruzaron en una enorme y hermosamente decorada curiara el Rio Orinoco, viendo la selva y la fauna a su alrededor, donde las aves revoloteaban alrededor de los cedros y manglares, las babas se deslizaban lentamente en la superficie del agua y los cunaguaros que pasaban ocasionalmente por allí se trepaban y brincaban entre los árboles y la selva convertían todo aquello en un verdadero mundo perdido que la voracidad urbana afortunadamente olvidó incluir en su menú.
También se pasearon por las llanuras montados en caballos, donde la inmensidad de aquellos lugares evocaba el misticismo propio de la naturaleza frente al hombre.
Pero el momento más esperado por el grupo fue visitar los tepuyes, aquel inmenso parque lleno de aquellas extrañas montañas planas que habían tenido el placer de haber visto el nacimiento del mundo y que aun hoy en día dan testimonio de aquellos tiempos con su belleza e imponencia únicos en el mundo
Pero claro, llegaría el momento que la belleza se opacaría por la tragedia.
Llegaron en helicóptero hasta el parque Canaima, posándose en uno de los tepuyes, donde el guía les ofrecía una experiencia única: saltar en parapente entre el tepuy en el que estaban parados a otro un poco más pequeño que estaba ubicado a 500 metros del primero, pero que la profundidad que había entre ambos era entre 2 a 4 kilómetros por lo que se volvía una actividad extremadamente riesgosa para los que no tuvieron la experiencia en lo que a parapente se refiere.
Luz María era una neófita en el manejo del parapente, además que al asomarse por la profunda montaña le entro un escozor y miedo tan marcado que estuvo a punto de pedir a gritos regresar al helicóptero, pero la belleza de aquel apartado lugar la hizo desistir de tan histérica idea.
Decidió subir al parapente, pero acompañada de uno de los instructores para evitar un percance producto de su inexperiencia. La muchacha se amarró del arnés, se monto en el Ícaro y el instructor sujetó su arnés al de ella y se agarró al enorme pasamano que posee aquel versátil medio de transporte.
Se lanzaron rápidamente de aquella ladera y sintieron el viento impactar rápidamente en su cara mientras observaba con un claro impacto la altura tan vertiginosa en la que planeaban
Pero el viento tendría otros planes
Ya se encontraban a mitad del camino, aquella travesía se desenvolvía como una experiencia única, pero una repentina corriente de aire hizo que el Ícaro virara de manera irregular por aquellos parajes, subiendo y bajando de manera brusca y escuchando como las alas del planeador golpeaban con tanta fuerza que se pensó que se desbarataría entre esos remolinos invisibles.
Afortunadamente la corriente de aire pasó rápidamente y se pudo estabilizar para aterrizar en el tepuy continuo.
Luz María aterrizó con un miedo y desesperación que la tuvieron que calmar casi por una hora, estando a punto de un estado de shock. Sencillamente tuvieron que irse de aquel lugar hacia la casona donde estaban hospedados, para calmar el susto tan precipitado que sufrió en el aire.
Estuvieron encerrados casi por una semana, pero faltando ya unos días para volver a casa, decidieron hacer otro viaje al parque Canaima, convenciendo a Luz de ir con ellos; aunque desistía en más de una ocasión, al final acepto ya que era injusto que se quedara encerrada en un paraje tan hermoso sin conocer tan esplendido lugar.
En esta oportunidad no irían al parque Canaima; o bueno, no a la zona de los tepuyes, sino a unas enormes cascadas cerca de la llanura que limita con el Amazonas.
No sabía que haría allí, ya que los rápidos y las grandes cascadas hacían imposible navegar o nadar por esas aguas.
Pero la actividad que tenían pensada seria más extrema que las propias cascadas.
Resulta que uno de los amigos de Luz conocía a un explorador que por un precio razonable les permitía practicar un deporte muy peligroso: salto en bungie.
Luz María estaba ahora muy asustada: si el salto en parapente fue muy delicado para su bienestar, saltar en una soga gigantesca hacia un acantilado de casi un kilometro de alto, era un suicidio vestido de deporte.
Cada uno de sus amigos se lanzaba con un viejo arnés y una cuerda que por el color y las diversas carcomidas parecía haber sido usada 3 veces al día por diez año para alzar un elefante; sin embargo sus amigos hacían el deporte sin problemas y subían arremangándose a la cuerda hasta el borde del acantilado.
Fue en ese momento que le toco a Luz María subir al bungie.
Aunque buscaba miles de excusas para no asirse a tan peligrosa diligencia; al final no pudo evitarlo, además que tenia curiosidad por saber cómo se sentiría esa caída libre, en el fondo Luz María era algo masoquista.
Se amarró el arnés, se sujetó la soga fuertemente al cuerpo y observó detenidamente aquel abismo frente a ella, mientras la brisa que se mezclaba con la corriente de la cascada golpeaba su rostro, entre una sutil seña de tranquilidad y el destino tan incierto y peligroso que aquel salto significaba.
Después de unos minutos, saltó. Una sensación de vacío en el estomago y un vértigo espantoso la acompañó en los primeros segundos de su caída, para luego presentarse un impacto indescriptible al ceder completamente en la soga y quedar a medio kilometro de la caída de agua, pensando que una mal jugada del destino la pondría en una situación mortal.
Lamentablemente así fue...
La soga tuvo su tensión definitiva y después de tres rebotes, esta se rompió por la mitad.
El grito de Luz fue tan fuerte y perturbadoramente crudo que aquellos compañeros que lo escucharon sintieron un escalofrió horrible, al mismo tiempo que estaban en shock por el suceso tan trágico.
Luz cayó casi un kilómetro hasta arremeter con el fondo de la cascada, curiosamente de aquella caída solo tenía una fractura menor en un brazo y varios rasguños en todo su cuerpo.
Como Luz María sabía nadar, no se hundía, pero la corriente no la dejaba acercarse a la orilla del rio. Más adelante vería algo aun más espantoso: la cascada de la que cayó solo era la mitad de la que tenía en frente, la cual para mayor horror tenía unas piedras irregulares en el fondo.
Luz María gritaba y pateaba desesperadamente, tratando de evitar acercarse, pero era inútil
Su destino estaba sellado
Lo único que diré de aquella caída es que a su cabeza y cuerpo les pasó lo mismo que si un huevo cayera a 10 metros de altura y aterrizara en concreto sólido; la apariencia de su cuerpo se la dejo a la mórbida imaginación de los lectores
Que eso quede a la altura de sus mentes
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