domingo, 27 de marzo de 2016

Los Muros Emocionales, cuando el ruiseñor se vuelve cuervo

La vida en su amplio espectro nos recuerda continuamente que es algo así como una escuela, donde podemos tropezar una y mil veces con la misma lección, pero hasta que esta no es aprendida no podemos avanzar, sino que nos quedamos estancados hasta que podamos asimilar las lecciones de la vida.

María Laura era una muchacha de 16 años que vivía el delirio fantasioso del primer amor, consumado entre las alegrías y tristezas de ambas realidades, teniendo a la muchacha en una burbuja de felicidad, en la cual dibujaba con el pincel de su imaginación no solo las mil y una cosas que pensaba vivir con esa persona, sino que iba mucho más lejos y planteaba como sería un futuro juntos.
Raúl era el afortunado muchacho que compartía su sendero de vida con la muchacha, un joven de 20 años, alegre y elocuente, pero que había sufrido diferentes problemas a lo largo de su vida que de una u otra manera habían afectado su vida, pero al estar con María esas nubes grises se disipaban, por lo cual dedicaba horas, días, incluso semanas en regalos, artilugios, salidas y encuentros "casuales" para no perder esa alegría.

Quienes conocían a esa pareja sabían que era como ver una pareja perfecta, donde el respeto, la comunicación y los planes comunes eran su divisa emocional; su aura amorosa era tan intensa que inclusive aquellos que no los conocían podían percibían ese amor que se transmitían sin siquiera hacer una muestra evidente de su amor, una mirada, un gesto y la alegría con la que hacían sus actividades que mas allá de ser pedantes, eran dignos de admiración.

Pero a veces aquello que creemos perfecto no siempre lo es, o al menos se mantiene así por mucho tiempo

Tenías 3 años de relación y Raúl ingreso a la universidad, mientras María Laura aun cursaba el 5to año de bachillerato; por lo que tuvieron un salto en cuanto a las vivencias que tenía cada uno en sus realidades. Mientras Raúl conocía las exigencias que debía afrontar en el entorno universitario, María Laura aun asumía sus responsabilidades en el liceo, peros siempre encontraban la manera de verse, así fuera por un tiempo reducido. Parecía que todo marchaba bien, porque no debería ser así, ellos se amaban y debía ser lo importante.

Pero a veces el amor no es suficiente, o al menos no está en la medida correcta.

Mientras Raúl veía clases, conoció a una muchacha, llamada Evangelin, una joven muy bonita de tez blanca y mirada algo perdida pero que al mismo tiempo mostraba un aire exótico. De repente el muchacho comenzó a frecuentarla, movido por una extraña percepción que lo hacía querer estar irremediablemente a su lado; después de todo a ella la veía con más frecuencia a María Laura; y la muchacha también le daba a entender con sutiles gestos que también estaba interesada.

El muro de la distancia que se había formado por los estudios contrastantes no fue tan fuerte como el muro que comenzó a formarse en las emociones de Raúl hacia María Laura, a quien de repente comenzó a ser mas frió y distante, haciendo que las conversaciones fueran más tediosas y los encuentros íntimos mas...fríos, lo cual creó un sentimiento de soledad muy extraño en la pobre María 
Raúl estaba en una encrucijada, aunque aun sentía cierto amor por María, el morbo que le producía Evangelin cada vez se hacía mas y mas fuerte, volcando los sentimientos por un mero placer carnal. Ahora Raúl veía en esa situación la superioridad que tal vez no tuvo en otras circunstancias de la vida, viciadas por comentarios mal sanos y familia conflictiva.

Tarde o temprano esta situación iba a terminar mal, ya que María se daba cuenta de la ausencia y Raúl era muy indiferente a las sensaciones de su novia, aunque seguía viéndola, esa aura parecía casi inexistente, reemplazada por un aura de frialdad en torno a la situación. Su agradable ruiseñor que la hacía sentir bien con su presencia sufrió una metamorfosis, se volvió un cuervo espantoso, un ave que su sola presencia le causaba desagrado, tanto por su trato tan desinteresado como por su indiferencia ante sus caricias y sus besos.

María no daba su brazo a torcer y buscaba una y mil formas de volver a sentir la calidez del muchacho de quien se enamoro, pero cada intento tenía un mismo destino: una sonrisa fingida y un beso gélido que la hacía sentir sola incluso con su compañía.

Un día Raúl llevo las cosas aun más lejos: apareció en un parque muy cercano a su casa con Evangelin, tentando a que María pasara por allí y los encontrara. En efecto así paso, pero la reacción fue inesperada: María solo se retiro y no dijo nada, aun a pesar que una grieta profunda y cavernosa se iba dibujando lentamente en su corazón, mientras el amargo néctar de su propia desilusión se iba disolviendo en su cuerpo en forma de una profunda depresión que la acompaño casi por un mes.

Su estado era casi deplorable: descuidada, absorta del mundo y carente de algún sentido para continuar en pie, más parecida a un monigote de carne que a una persona, pero que, por medio de intermediación de amigos y familiares, encontró una salida a su situación a través de un fino violín y un cuaderno de apuntes, donde plasmaba su vida, pero al mismo tiempo plasmaba otras historias, demostrando un prodigo increíble para la escritura.

Aunque la huella era muy profunda, poco a poco fue restableciéndose de tan duro golpe, apoyándose en los amigos y las artes, siendo estos los que la ayudaron a salir adelante, encontrando la alegría que creía ya perdida.

Irónicamente un día Raúl llego a su casa consternado por su situación, ya cuando ella se estaba asimilando todo y le preguntaba que había sucedido. María Laura le sorprendió su cinismo y le contó sobre el encuentro en el parque. Este aludió que estaba alucinando, que era mentira, pero no contó con que ese día había tomado una foto de la escena, se la mostró y el solo quedo en silencio con la cabeza baja.

Suplico, lloro y le pinto el horizonte más hermoso con una elocuencia que rozaba lo banal, pero ella no cedió, le dijo que se fuera y que dejara de estar martillando algo que no llevaba para ningún lado.

María Laura ahora está feliz, es una destacada violinista de su orquesta; gano el premio Stefania Mosca por una de sus narraciones infantiles e historias de vidas cotidianas, y las amistades la hacían sentir querida y una muchacha sumamente feliz, dejando atrás esos delirios que sufrió por culpa de un hombre que creía diferente a los demás, pero resulto siendo otro yeso del mismo molde, otro personaje de esos que buscan el morbo y no el amor.

La vida es así, da muchas vueltas, lo que ahora es un hermoso oasis mañana será un sombrío bosque, nunca se termina de conocer a un individuo, por más tiempo o por mas amor que haya pregonado, lo cual siempre nos hará que en nuestra mente se formule la siguiente pregunta



¿Estamos con un ruiseñor, o con un cuervo?


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